lunes, 5 de noviembre de 2012

Apuestas, lesbianas y sexo


Estaba hablando con una amiga y me ha pasado el relato ganador de un concurso de relatos eróticos lésbicos. Me lo ha pasado, recomendadísimo para leérmelo. Y yo la verdad, le he dicho: ¿para esto tanta historia? Es malo hasta decir basta. No tiene ninguna clase de erotismo. Me deja más fría que pingu en lencería femenina bailando en aserejé sobre un iglú. Así que me ha retado a hacerlo mejor. Y yo he aceptado el reto. Espero haber superado las expectativas, o si no, me tocará meterme la lengua en sitios poco agradables. 

Y aquí va!

PD: Atención, si eres un poco sensible con el sexo, homófobo o cualquier sinónimo u  extraño e incomprensible padecimiento similar, te aconsejo que no sigas leyendo. 



La oscuridad me impedía verla, sin embargo el solo sonido de su respiración parecía resonar en cada una de las paredes de aquel inmenso cuarto. Notaba la electricidad recorrerme todo el cuerpo, desde las yemas de los dedos hasta aquellas zonas que me avergonzaría de nombrar en voz alta. Supongo que es lo que se siente cuando deseas a alguien, puedes notar cada zona de tu cuerpo, ser consciente de ellas como nunca antes lo habías hecho. Porque todas te hablan y todas te piden lo mismo.

Y también eres consciente de cada movimiento de la otra persona. Aunque no puedas verlo, lo imaginas. Imaginas el vaivén inconstante del pecho, arriba y abajo mientras escuchas salir el aire de sus pulmones. Y la energía que rodea vuestros cuerpos, esa que te dice sin palabras que las dos estáis esperando algo, pero que el momento no ha estallado todavía.

Es un silencio que parece gritar a pleno pulmón. Y entonces, vuelves la cabeza en la almohada, hacia ella. Y la suya, envalentonada por ti, hace lo mismo. ¿Quién de las dos va a romper la distancia?¿Quién va a atravesar ese campo magnético repleto de respiraciones agitadas, nerviosas e intermitentes? Y lo haces tú. Te humedeces los labios, para hacer que la piel reseca se vuelva suave. Y te acercas. Y le besas la comisura de los labios, porque a oscuras, acertar resulta complicado. Sin embargo, sabes que el pequeño desvío es, de hecho, bien recibido, porque eso solo prolonga la sensación de espera cuando por fin los labios se mezclan, unos con otros.

Los pensamientos se mezclan en mi cabeza como un bombardeo de palabras inconexas, lo único que puedo identificar, los mensajes que mi cerebro me manda sobre las sensaciones que estoy percibiendo. Suave pienso. Caliente. Tierno.

Y muy poco después, húmedo.

Ella abre los labios y yo la sigo. Siempre he sido de estas personas que besan casi sin pensarlo, dejándose llevar. Pero, esta vez, no se por qué, pero no puedo evitar ser consciente de cada movimiento de ambas. Es como si todo sucediera a cámara lenta. Y ella besa mejor de lo que nadie me ha besado nunca. Quizás por eso nunca antes había notado que solo un beso pudiera causar un efecto así en todo mi cuerpo.

Me incorporo, inclinándome sobre ella. Quiero tocarla. Besar ya no es suficiente. Quiero hacer eso que siempre he imaginado, pero que nunca he hecho. Es como una espinita, un resquicio de culpabilidad que te provoca lo que deseas. Siempre he pensado que las mujeres tenemos ese poder, el de parecer inalcanzables, como si al querer tocarnos se estuviera cometiendo un crimen. Como si desearnos estuviera mal. Y sin embargo, estoy ahí. Estoy besándola, a una chica preciosa y cuando extiendo la mano y toco su vientre con las yemas de los dedos, la burbuja no se rompe.

Noto el estremecimiento de ella y yo misma no puedo contener un ligero temblor mientras toco la piel que sube por su torso, arrastrando su camiseta de pijama hacia arriba. Dejo salir un suspiro, quemándole los labios con el aire cálido de mi aliento cuando por fin alcanzo lo que estaba buscando. Siento un poco de vergüenza por lo que estoy haciendo y agradezco que esté lo suficientemente oscuro como para que ella no pueda notarlo. Así que sigo besándola, como para distraerla de la travesura, pero ella desliza las manos hasta mi baja espalda y parece también liberarse de algunas de sus propias censuras cuando la noto acariciarme y apretarme contra sí.
De nuevo palabras inconexas. Suave, caderas, tierno, guapa, caliente, húmedo, pechos, dulce, labios, manos, cuello. Todas me taladran el cerebro mientras beso, toco, acaricio y me muevo sobre ella. Vistos desde este punto, los humanos somos de lo más simple. De lo más básico. Y no puedo evitar pensar, ahora que todo es correcto y sencillo y tiene sentido, mientras recorro su cuerpo con mis labios, cómo puede alguien en el mundo pensar que el que dos mujeres hagan esto pueda ser antinatural.

Ella interrumpe mis pensamientos cuando comienza a acariciarme también, tirando de mi camiseta para sacármela por la cabeza. Hago lo mismo con ella y el contacto de mi piel con la suya es lo más estimulante que haya sentido jamás. La presión de sus pechos con los míos mientras nos besamos. Me deslizo hacia abajo besando su cuello, tratando de hacer todo aquello que ya se hacer pero que nunca le he hecho a una chica. Recorro el pezón de su pecho con el dedo pulgar y después con la lengua, dejando caer mi aliento sobre él para luego dejarlo enfriarse. Después lo muerdo. Y escucho su voz, es ella, que está suspirando porque lo que le hago le gusta tanto como me está gustando a mi hacérselo. Deslizo la mano entre sus piernas, muy despacio.

Su ropa interior está húmeda. La mía también. No puedo controlar el pulso acelerado que empieza a descontrolarse por los nervios, cuando un pensamiento cruza mi mente. Pero no es hora de acobardarse, porque la oscuridad nos guardará los secretos y nadie nos está mirando. Así que me sigo deslizando hacia abajo, sin separar las manos de su cuerpo en ningún momento. En mi cabeza, es como si un plano detalle me describiera exactamente la textura de todo lo que toco. Como si estuviera leyendo en braille. Arrastro la tela hacia abajo por sus piernas y la dejo caer hacia algún lado.

Me acomodo entre sus piernas mientras siento sus manos enredarse en mi pelo. Sé que ella está pasando tanta vergüenza y quizás tanto miedo como yo. Pero intento darme valor, porque se que haga lo que haga, lo único que me preocupa es hacerla sentir bien.

Así que dejo caer mi aliento sobre su zona sensible, haciéndola suspirar de anticipación. Le acaricio el interior de los muslos. El vientre. La pelvis. Despacio, mareándola, besándole la piel alrededor de donde ella desearía que lo hiciera. Está temblando. No se si es por miedo, por deseo o por una mezcla de ambas.

Acerco la nariz a su sexo y lo acaricio suavemente con ella, deslizándola hacia arriba, hasta que en lugar de mi nariz, dejo caer mis labios y le doy un beso. Me humedezco los labios y beso los suyos de nuevo. Casi puedo escuchar la voz en su cabeza pidiéndome que lo haga, y eso me divierte.

Y entonces dejo asomar mi lengua, bien humedecida, para acariciarla de abajo a arriba, una vez, otra, la siguiente, despacio, sin prisas. Intento repetir todo lo que a mi me gusta y parece que no me equivoco. Saboreo, con la curiosidad de saber qué gusto tendrá, para descubrir con sorpresa que casi no percibo sabor alguno. Es agradable.

Y todo es perfecto, todo funciona y encaja y es perfecto. Como ella. Como esto.

Me tira del pelo y de los hombros para que suba hasta su boca y le hago caso. Entonces se aprieta contra mí, pero de forma diferente a la anterior. Ahora ya todo se ha vuelto más salvaje, más urgente. Yo también me siento así. Me ayuda a deshacerme de mi ropa interior y nos colocamos de forma que nuestros cuerpos se toquen por todas partes. No sé cómo, pero nos acoplamos de la manera perfecta. Nos besamos, nos mordemos y nos abrazamos, haciendo presión, rozándonos, sintiendo crecer y crecer algo y concentrarse en el mismo sitio. No puedo evitar imaginarlo como una red de pequeños puntos que van hacia mi sexo desde todos los sitios en los que ella me está tocando.

Está llegando el momento, no puedo evitar seguir retorciéndome en nuestro nudo de piernas, brazos, besos y carne hasta que siento que lo estoy alcanzando, que va a explotar algo, que vamos a implosionar allí las dos y vamos a arrasar al resto del mundo con nosotras. Que no quedará nada. Y no me importa. No me importa lo mas mínimo.

Y entonces me quemo por dentro y en lo que parece una milésima de segundo y a la vez una eternidad todo se esparce, se extiende, el tiempo se detiene por unos segundos y ella me sigue poco después. Me clava los dedos en la espalda mientras su cuerpo tiembla. Su intimidad resbala, húmeda, contra mi piel.

Cierro los ojos, respirando hondo, mientras siento palpitar las secuelas de mi orgasmo entre las piernas.

Ella se acomoda entre mis brazos, escondiendo la cabeza bajo mi barbilla. La abrazo. No he tocado nunca nada tan agradable como ella y me guardo ese pensamiento. Son cosas que yo jamás diría en voz alta a nadie pero que a veces corren sin permiso por mi cabeza.

Su aliento me hace cosquillas en los pechos y cierro los ojos. Su pelo huele bien.

Un atisbo de incredulidad, con esa frase tan fastidiosa que siempre me había dicho que esto no sería nunca para mí intenta hacerse hueco en mi cabeza, pero lo callo en seguida. Prefiero pensar en lo bonita que es. En lo íntimo que es este momento. En nuestra pequeña y particular destrucción del universo.

Y con estos pensamientos, me dejo vencer poco a poco por el sueño. Mañana será mañana. Y hoy, es simplemente el fin del mundo.